miércoles, octubre 19, 2005

Chindogu

"Chin" significa extraño/inusual, y "dogu" herramienta.

El niño, pobre, volvía ya de las pozas de agua remansada y acre abrazando una botella guardada en su pantalón roto de franela gruesa, rodeado por uno de sus tirantes.
Me había acostumbrado durante ese verano a que los hijos de Engracia, la hija de la antigua dueña de casa, anduvieran por la casa más de lo que mi interés por escribir y el rango (ringo) de mi estancia en su casa requerían.
Aun así correteaban y yo, sin desdoro lo digo, les robaba al vuelo según pasaban y reían las metáforas infantiles, los andares rápidos o inciertos, las expresiones limpias y nuevas para los papeles, que como éste, escribía. En los tiempos del verano los calores atemperados por las viejas paredes de adobe de la aldea lejana, hacía que renunciase a la actividad literaria de marido con la literatura, como si Vargas me llamara, y me dejaba fluir por el paisaje humano y natural, entre ellos, el trato con los niños.
Revisaba mis papeles en el salón, aun a sabiendas de que Elvira me reñiría por no buscar el acogimiento cural y casi sacro de la habitación “del señorito”, yo, prefería, el ir y venir de los avatares domésticos de la entrada a la casa, orientada al sur. Viendo en los rayos del sol las
partículas eternas de la inspiración que se me alejaban como un duende que se pretende atrapar. Aquella mañana me enfrentaba al muro blanco del papel con pocas ideas y casi nulas sensaciones, raudo, lento y sagaz buscaba sin encontrar. En ese momento, en el hora donde la sobremesa casi es siesta, entró el hijo, el niño pobre, moreno, enjuto, saludable y ágil de Engracia, Aníbal. Traía su botella verde y vinaria. La acogía y lo miraba:
"Lo tengo, Mamá, lo tengo, he atrapado el tiempo".
El tiempo, la dulce leyenda, recordada en mi infancia lejana y entrecortada en el pueblo, el tiempo, aquel pájaro o reptil agorero y rutilante que todo el mundo quería atrapar para capturar así los momentos de felicidad de la vida y revivirlos eternamente.
El viento castellano, fresco y caluroso, libre y terroso, se escurría por las cárcavas que amarillentas desleían mis ojos del texto, incipiente, borrado de pluma, erróneo de concepto para posarse en la pequeña humanidad de Aníbal, oir aquel comienzo, aquel final de cuento o vida. Este, cruzando el salón me enseñó la botella:
Señorito, he capturado el tiempo, llevó ya varios días siguiendolo pero lo he capturado.
Sonreí durante un instante y vi dentro de la botella un animalillo pequeño, que nadaba en un mar de agua invisible en el verde de la botella.
Deja al señorito trabajar, Aníbal y vete a jugar que no es hora de molestar- Le espetó sin pena Engracia con un gesto al que correspondí con desagrado, lo que más necesitaba en ese momento era una idea, luminosa y con fulgor para seguirla hasta cazarla por lo menos aunque sea para ver es solo oropel como los tachones de mi página.
El niño con el calor de la calle de verano, julial, y el vacío dañino de la poscomida somnoliento y lento, miraba a la botella sin hacer caso a su madre, siempre protectora. Me acerqué a la botella y con un fru fru interno vi al “supuesto “ tiempo. Criatura de un bestiario imaginado, criatura que me llevaba a la lejanía del tiempo en mi memoria y veía, sin ver, a mis abuelos, lejanos, a la vieja casa, al tibio olor caliente del pan recibido, a la comida burbujeante y humeante, a las historias de otro tiempo , incluso al viejo acordeón del tio Fasio.
Miré de nuevo y reviví esa casa antigua, reviví ese mundo existente y lejano, la puerta de dos hojas, la madera termitada y el rebullír primaveral de los veranos de entonces. Aníbal se sonrió quisé ver en sus ojos esa saludable expresión de ausencia de pasado posible, pero no fue así, me dijo bajo: Ha visto el pasado, a que si, Don Luis.
Me quedé sorprendido, el niño volvió a restregar con su pantalon la botella vieja y dijo:
El tiempo se veía reflejado en sus ojos, Don Luis.
Me quedé extrañado en extremo, pensando en los corredores por los que habrían discurrido mis pensamientos o recuerdos para hacerse tan evidentes ya que el niño incluso los había visto. Lo achaque a la somnolencia, a la nostalgia burlona y simple que a veces me acometía al abrir un arcón o desempolvar un fárrago del sobrado.
Aníbal, me vendes la botella, le dije, buscando un cuento o al menos un texto, o quien dice si un aleph sobre el que escribir, y escribir sin parar, una vía de tren en la que pudiera verme inquiriendo infinitos anaqueles infinitamente ordenados hasta encontrar frases que abrieran la mente y la imaginación como aquella somera mirada al animalillo que nadaba en el interior de aquella botella.
Anibal sopesó el precio que le daba y tras negociar que no lo mataría ni tampoco lo regalaría y que quedaría a la luz para que el pudiera verlo, al final mayeúticamente, pude hacerme con el frasco. La damajuana vínica que contenía mi pasado y el de muchos otros, en lo mío y en lo de los otros suponía mi trabajo.
Las mañanas paseaba y miraba al tiempo, y recordaba, recordaba amigos, situaciones, emigraciones y soles sin fin tras mirar la botell un rato. Escribia dándome a la nostalgia y al sueño más que al valor contable de mis folios que caian casi igualmente a la papelera con alarde de campechanía y orgullo.
Una mañana decidí abrir la botella, con el verano ya postrimero, con los vientos y lluvias ya amenazadoras y la felicidad boqueando. La nostalgia era un monumento como un frontón o quizás, como la torre de la iglesia. Me decidí a abrir la botella y respirar algo de ese olor que parecía contener tras el corcho viejo, marcado con las letras de vinos ignotos, probablemente
que bebí hace mas de un mes. La abriría y lo bebería, para luego añadir algo más en ese licor macerante, pero ¿Cómo evitar que se escape el animalillo? ; ¿Y por tanto romper el juramento mosquetero que hice a Aníbal al darse la transacción?
Metí la botella en una jaula pajarera y me dispuse poco a poco a abrir la botella, nadie había en la casa esa tarde burlona y calurosa, a ratos. Tormentosa.
Abri la botella un olor ajeno y cerrado para ser de ozono después, llenó el ambiente, se aparecieron en la habitación figuras del pasado como fantasmas cercanos mitad vaporosos, mitad rígidos para expandirse en collage cubista de calles, personas, aptitudes con tiempo y lugar como fotogramas móviles de película: En verdad lo allí guardado era el tiempo.
Al ver que el animal, con sus ojillos tristes y escrutadores no salía, me atrevía oler el contenido un poco más y esa fragante pestilencia mezcla de humores y visceras de pescado y los más sutiles jazmines u hortensias o pudiera que geranios coloreados, me inundo de nuevo, vi mi pasado y me moví en eras, tiempos y lugares con alegría voladora y llegue a puntos lejanos de la geografía de mi mente para luego volver al pasado más cercado y rondar, rondar al tibio espíritu de la muerte que se escondía en el eje central de este tiovivo que se llama vida: el acto propio del tiempo para un ser humano.
Decidí por ultimo, tras llenar mis ojos, mis manos de historias que contar, pensamientos que reconstruir e ideas que enjaezar, beber de ese líquido verdoso como la botella desagradable en apariencia.
No supe en ese tiempo que error había cometído porque apenas bebí mi memoria se expandió y vi el pasado con una realidad cercana e incluso vi el futuro más cercano, tocándose en un bucle inusitado y me vi con la habilidad heredada de la premonición de la familia, los arabescos se convirtieron en nubes de arena y mármol negro, olores intensísimos y fragantes. El futuro lejano se me alejaba de la vista como un tren en el que un revisor con cara de angel, túnica blanca y blondos cabellos me negaba desde su imponente altura. Todo se me volvió cercano en la mano, todo lo pude tocar casi, rebasé el concepto de percepción para huir más alla, pero, al mismo tiempo el tiempo jugaba conmigo y me traia y me llevaba enseñandome, como ola, y me hacia sentir estragos del tiempo: nacer y morir mil veces: Un ojeo en el tiempo que me deshacia por dentro como una cuaderna termitada en la tormenta.
Apenas quince minutos y antes de dar mi ultimo suspiro entró Anibal junto con Engracia de un paseo vespertino, el niño sonrió preocupado cuando me dijo:
¿Porque hizo eso?, no era su tiempo de oler ni beber esto. - Lo decía quien no tenía casi nada de pasado, un presente plano, llano y limpio como un campo de trigo en Junio y un futuro infinito.

bonhamled