Por el viejo refrán, por esa sensación cabalística y oscura, hermética casí, por su diferente desarrollo fue por lo que se me llenó de alegría el domingo aquel que en la cuesta de Moyano de Madrid encontré el libro, antigüo y algo viejo. Se llamaba "Secretos partidarios del juego del Taf" de Editorial Córcomi de Buenos Aires en una edición encuadernada en rústica y con tipografía mala de 1978.
Este libro, casi un opúsculo o un pequeño libreto, parecido a los de ópera que tanto me gustan, contenía en su redacción, de castellano arcaizante y académico, y en su conformación, como de libro de ensayo, una secuencia sencilla de la historia del Taf y de su modo de juego, no como una ciudad como quise entender sino como un juego o una forma de juzgar. Hasta ese momento había yo imaginado muchas extrañas teorías ante el juego, desde las conspiraciones medievales hasta el modo o tipo de identificación de algún orden masónico prohibido, incluso en este batiburrillo, alimentado por el subsconsciente colectivo y su ideario de sociedades secretas, por las corrientes judias cabalistas sefardíes. Estás últimas tuvieron mucha aceptación en el pasado en España, en el que se desarrolló su conocimiento e interpretación con figuración real en calles y plazas.
Sin embargo aquel libro de la editorial Cúrcumí o Corcomí, debería verificarlo, me dió una nueva visión del juego del Taf, una visión casi evidente y lejos de ese historicismo inteligente que se me habia antojado antes como obvio:
El autor Juan Luis Eisemann, judío y argentino, contaba en las primeras páginas una historia de su familia en Weisenbaum, un pequeño pueblo sajón cercano a la frontera checa o polaca o puede que ambas. De ese pueblo no se sabe nada, no se sabe si se convirtió en un poste recordatorio de un holocausto o quizás su nombre fue camuflado o simplemente los avatares de las batallas lo desaparecieron. La palabra "taf", en cualquier caso y según decía el libro, significaba en el extraño dialecto germánico de aquel lugar, muy muy antañón, refugio aunque tambien significaba alegria. Eisemann, en su español con toques o ribetes extranjeros, como los extranjeros lo cantan, reflejaba el origen del Taf, no muy lejano en su tiempo particular, también describía de manera casi soliviantante lo más sincero y primeral del juego, si era juego sin entrar en profundidades ni detalles lo cual me nervaba.
Ediciones Cúrcumi probablemente no tuviera gran plantel de correctores de estilo o quizás esas ediciones, indías y fanal, fueran la autoproduccion del propio Eisemann. Describía cripticamente el juego de Taf: la baraja Malaj, el extraño reparto a izquierdas con la mano izquierda, el reparto diferente de las cartas o títulos, de diferente tamaño y de diferentes valores, el hablar y del escribir necesario en el juego, la duración enigmática y eterna del juego, del delito supremo de la retirada de la ventana (no se si esto fue una traduccion mala), y el desenlace muchas veces brutal del juego.
Me excitó la curiosidad; nacida en la tesitura indiferente de la traducción del castellano antiguo de un viejo texto de provanza de teneduría de tierras en Tánger, donde se hablaba de esa ciudad extraña y desaparecida de Taf: "el lugar de los hombres de otro sitio".
Lei algunas historias en otras revistas, publicaciones y estudios, pregunté a expertos en historiografía hebraica y judía, incluso a especialistas en filología alemana o mitólogos eslavos, apenas supe nada del juego del Taf, busqué en las geografías la posible situación de esa tierra que tuvo tratos mercantiles con el imperio Songhai y no obtuve ninguna información sino evasivas o resistencias ante el advenedizo sin embargo con un millón de dudas y solo con el ancla real del libro de Eisemann en mis manos, encontrado por casualidad, y con sus ciento ochenta páginas casi estudiadas, un día casi por sorpresa, me acerqué a una antigüa fotografía que vi en el museo horrible de Oscewije y reconocí sutil uno de los signos del juego, un signo de los descritos en la fotografía de la cara de un hombre.
No supe quien era ni donde o como había muerto, el hombre probablemente un religioso hombre mayor y conocedor del viejo juego del Taf, eligió ese gesto, en la cara, dificil de repetir o incluso describir. No se que objeto tendría, que tipo de señal o mensaje al futuro o al receptor, lo ignoro totalmente pero sembró en mi una pregunta sin contestación.
Intenté localizar por medio de mi amigo el editor Quadrucci a al representante de Eisemann o a la propia editoriar Cúrcumi, de las que no supo darme valor, incluso le provoqué absurdo a verificar a los Eisemann existentes en Buenos Aires o en Argentina, se negó en redondo evidentemente, y me quedé con la imagen absurda del viejo con el gesto que bien pudiera ser incluso tic o malformación pero que yo atribuí al juego del Taf.
Aún así me hubiera dado por vencido y no hubiera promovido un estudio mayor, bastante tenía con lo que tenía, si no hubiera sido por lo que vi en las noticias aquel día y la extraña visita a la tienda...
bonhamled
jueves, octubre 13, 2005
La historia del Taf
Etiquetas:
Cuentos
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