jueves, octubre 26, 2006

El solaz de tinta de Jerónimo Edo

Cansado, Jerónimo Edo tomó a los filosofastros y les conminó en el almacén a tomar dos resmas sobrantes de un trabajo no pagado y depositarlas sobre la caja de tipos. En el plano inclinado se deslizaban premiosas las manos, de papel, cuando el impresor les preguntó retórico:

- ¿Preguntáis sobre el tiempo y las personas?; ¿Creéis que vuestros actos perdurarán y una nueva era se acerca?

Edo, puro filosofía, entregó tinteros de Aboreguí de buena calidad; uno lleno para un sorprendido Lucio y otro vacío para el hijo segundo de Alvarado: bachiller pretencioso.

-Tiradlos encima – ordenó seguro como anciano ante tormenta en nubes lejanas.

Tomaron los tinteros sorprendidos y sonrientes ante la excentricidad, y por ver como arruinaba unos pliegos de buen papel, mirándose y mirando al impresor los vertieron casi a gotas a la espera una broma que jamás amaneció.

Jerónimo Edo, pulmones anegados de miasmas de disolventes y manos grises de plomo, moriría al poco de llegar yo a Almadormida y fue uno de los que escapó del desastre por estar en Cuclillas. También fue protagonista, secundario, del drama del Retrueco y, de esta forma, fue mi cronista contento, en el relatar añejo y entendido en las tardes últimas de su agosto; ¡alma de viejo más recuerdo que yunque!.

La tinta percolaba el impermeable espesor de papel. Edo hablaba de las personas, la naturaleza, la voluntad, los deseos del hombre, lo que se debe hacer, y lo que no. Fueron una docena de frases que, en otros oídos y otro tiempo, se hubieran mercadeado en oro lo que las resmas pesaban, sin embargo con los jóvenes, humo sin vereda, no fue así.

Transcurrieron, de tiempo, cinco credos con fe y antes de que los jóvenes inexpertos e ilusionados expusieran sus ideas con fulgor - absolutas y teñidas de relativismo sesgado y de romanticismo suicida -, el impresor extrajo la última hoja de cada una de las resmas. Las miro: Ambas limpias. Las dobló y las entregó, como premio o tesoro. Marchaban cabildeando en inteligencia de miradas la vesania del maestro lector cuando Jerónimo añadió:

“El tiempo pasa y nada lo mancha, tan oscuro hoy como blanco mañana, da igual del tamaño de la mentira: Recordadlo si alguien os habla hoy en nombre de otro mañana diferente al que veis”.

Lucio pensaba en esas palabras andando hacia el final de la calle; el de Alvarado tiró al suelo, Saulo, el pliego blanco. Se fueron, ambos, mascullando risas, bromas, chanzas y miradas hacia detrás.

Edo asentía con una letanía sottovoce y un cigarro eterno entre sus dedos grises y amarillos de nicotina. Se mantuvo pensando, las volutas de humo dibujaban arabescos y acantos, aun sabíendo que su parábola mayeútica sería olvidada al cabo de la calle. Las palabras fueron coda de la verdad y no el estribo oscilante de una mentira que se cernía.

No mucho tiempo después recordaría y lloraría, en el suelo de los entierros por Aparicio, en Almadormida las presas del aciago pelirrojo Sr. Goush.

2 comentarios:

Goathemala dijo...

Sospecho que el mundo de la impresión de libros no te es ajeno, que lo conoces bien y te despierta nostalgia.
Muy bueno, me ha recordado la trastiendas de las librerías antiguas de Madrid, donde pretendía mi juventud que allí se fabricaban los libros artesanos.

bonhamled dijo...

Mñás sentimental y nostálgico (o melancólico a ratos) que real pero el libro...