La reunión se pospuso varias veces e incluso seguía siendo muy probable que hubiera algún topo infiltrado. Franceses, Ingleses, americanos e incluso los saudies habían abortados reuniones anteriores y muchos de los honestísimos bufetes de abogados de isla Caiman, Guernesey, Malta, Bahamas, Gibraltar o Andorra habían tenido que tomar sus ternos, impecables de azul, para volverse de Bangkok, Laussane, Valencia, Islamabad o Nairobi sin la célebre clave del banco.

El asesinato fue rápido y limpio y de la manera más sencilla. Un dispositivo detonado desde un reloj que haría explotar la suela de las zapatillas de un combatiente prescindible, apenas cuatro kilos ultraprensados de ZT34 que no daban la sensación de su poder mortífero. La tecnología era excelente, la ejecución sangrienta.
La empresa, Mitch & Anchor, no dejaría que el grupo que ejerciera esa presión se saliera con la suya y sin duda presionaría, costase lo que costase, al gobierno norteamericano para que obligara a Irak, Siria, Líbano, Egipto, o donde quiera que viviera el jeque o jefe del grupo culpable para que entregara los culpables. Las semanas siguientes fueron de tableteo de muerte y movimientos nocturnos en muchas ciudades calientes de paises más calientes todavía.
La muerte del Presidente del mayor holding mundial, y la persona más rica del mundo no podía pasar desapercibida. Judío, filantrópo, republicano, tradicional y enemigo, en general, de los arabes. De hay nacieron las primeras sospechas acerca del pagador pero no se sabría hasta que se ejerciera el derecho a la recompensa, alguien supuso de rusos o chinos dispuestos a desestabilizar los mercados, otros hablaron de integristas islámicos o grupos de competidores hostiles. En último término la personalidad del ultimo pagador, escondida en mil sociedades falsas en dos mil edenes fiscales, se escondía en los suaves rasgos latinos de Edouard Martins.
La reunión inicial fue clara y concisa, la convocatoria fue dificil. Se convocó a grupos que pudieran estar interesados en la muerte de Bernard Mitch, o bien en el daño a su compañía (de la cual era el corazón, motor y cerebro incontestado y atroz), puede que el interés estuviera en dañar a EEUU en forma de sus prohombres o economía o para abortar alguno de los proyectos que desarrollaba en Israel o en India, en último caso, también habría grupos interesados sólo en los 200 millones de dólares que cobraría el ejecutor.
Las reglas: - Indicó aseptico Martins con su peinado flequillo negro y su bronceado uniforme.
a) Las menores víctimas inocentes.
b) Reivindicación política necesaria tras el hecho.
c) El que primero ejercite el derecho y falle anulará cualquier trato y quedará sin recompensa la muerte del objetivo. Por lo tanto les interesa coordinarse o, al menos, vigilarse entre ustedes.
Un rumor y unas miradas en derredor inundaron la estancia tras estas normas básicas pero extrañas. El maltés fue el encargado de ornamentar la operación en turbios eufemismos a sus colegas, tan bien vestidos, suministrando un pequeñísimo dossier con datos conocidos por todos y un número de teléfono del que podrían recibir una llamada de su interés.
Ultimaba la conversación, de breves minutos, añadiendo en un francés casi perfecto:
- El juego comienza en cuanto crucen la puerta, buena suerte a todos.
Cuando el último de los reunidos salía de esa pequeña habitación del pequeño hotel de la Borgoña francesa, les dió la ultima pista:
d) el pago del trabajo no se realizará en ningún caso antes de dos años de la fecha del día del desenlace y la comunicación con el ejecutor/ ejecutores se realizará mediante la llamada a un teléfono conocido y desde el número que viene indicado en cada dossier por lo tanto estén atentos.
Los servicios secretos conocían de la afinidad de Martins por algunos negocios oscuros, sobre todo en implicaciones narcoterroristas en Libia y en Arabia Saudi, por eso y a pesar de la escasa preparación de la reunión no llegaron a tener idea completa del fin de esta. Imaginaban, en los estados mayores, algun complot de heroina entre malasia o afganistan con destino a Marsella, nada digno de mayor preocupación. Incluso en los ambientes de Frankfurt rondó el rumor, interesado, de que se buscaba la muerte de un personaje público israelí, moderado, para dar lugar a una nueva represión.
Tras el final de la reunión el grupo se disolvío y desapareció intentando reconstruir un escenario solitario desde el que ejercitar su plan. El acuerdo se rubricó tres dias despues con el anticipo/ recompensa en una cuenta suiza a todos los participantes.

El día de la muerte de Bernard Mitch, el que sería su asesino miró una foto, la última foto de su mujer e hijos y recorrió el estrecho pasillo hasta la puerta de entrada al despacho del Sr Mitch. Una planta limpia de seguridad porque la seguridad era exhaustiva y casi enfermiza en las plantas anteriores a la zona noble.
El asesino llevaba trabajando más de seis meses en el edificio principal "torre Bernard Levy" del holding Mitch & Anchor en la sección de mantenimiento. La fortuna hizo que la avería del sistema de regulación de la luz de la planta presidencial se estropeará aquel día. Pudo acercarse hasta los cuatro pasos de la puerta del despacho, entró, por sorpresa y activo el reloj, saltando por los aires las ocho personas que hablaban distendidos, entre ellos Bernard Mitch.
El asesino no sabía que en el servicio de seguridad era un hervidero de agentes infitrados que pretendían anular las acciones de grupos adversarios de la manera más sorda y anónima posible (sin desdeñar el ahogamiento o el apuñalamiento). El asesino se adelantó por horas a la emboscada aerea o al secuestro de la familia política del empresario o a otros muchos recónditos y estratégicos planes en diferente estado de crecimiento.
Habían pasado siete meses desde la reunión inicial, los planes topaban, a las primeras de cambio con la seguridad obsesiva del entorno de Bernard Mitch.
La CIA comenzó a sospechar de la entrada y salida de personas de pasado oscuro al pais y de manera sutil pero directa avisó a todos los posibles objetivos económicos o económico/políticos. Este hecho, el aumento del nivel de amenaza, originó una subida en bolsa de las acciones del grupo Safety and Hox (perteneciente en un 83% al holdin Mitch & Anchor) como el de casi todas las empresas de seguridad privada.
Bernard Mitch elevó el umbral de seguridad a su entorno hasta el nivel 9 (casi comparable al presidente norteamericano). Para los siempre observadores grupos, este aumento de la seguridad obligó a preparar planes mucho más sencillos y aleatorios para obviar la imposibilidad matemática, y, además, el intento debería ser suicida.
Nunca Dallas se levantó tan temprano como el día después de la bomba y nunca una muerte se atribuyó a más grupos, bandas, "ejércitos", que en aquella ocasión, tampoco nunca una muerte significó más análisis en lugares tan diversos como Washington, Tel Aviv, París o Berlín.
Pasaron dos años desde el entierro, casi con honores de congresista norteamericano, cuando la familia del asesino ya había gastado parte del pago adecuado: comida, medicina, salud y futuro, el precio justo por una vida miserable acabada con arrebato de percusión pero amor paterno.
Martins, pasado el tiempo, contactó con personas anónimas en Estambul, Praga, Sarajevo, Belgrado, Moscú, pernoctó en Bakú y en la placentera ciudad de Alejandría y Marrakech, los lugares era unos, las personas otras y las circunstancias unas terceras, todas extrañas entre sí que se incardinaban en la jugada mortal de la apuesta y la recompensa.
Todos sus enlaces se presentaron en la cita convenida con trajes similares al de la primera ocasión, no eran ya los harrapientos contactos iniciales; a todos se les recompensó con regalos inteligentes y sutiles y, tras las bromas de entrada, el experimentado abogado maltés dejo manarde su boca con una sonrisa la pregunta suave y terrible:
- Por favor, digánme, ¿quienes de ustedes lo hicieron?
La algarabía fue inmediata, el premio acuciaba las mentes, y marselleses, napolitanos, arabes, mercenarios sin patria, radicales y, en general, todos se arrogaron sin verguenza el hecho.
Martins sonrió, esperándolo, y añadió: "Aquí hay siete ladrones y un asesino, el asesino puede estar contento, lo encontraremos pero los siete ladrones habrán de sufrir la persecución por un crimen que no han cometido".
Los abogados le escuchaban sobresaltados.
- Dentro de tres días - Continuó Martins - les haré tres preguntas a todos ustedes: Es el método establecido. He de decirle que la información que obtengan de informes policiales o de agencias no servirán porque solo desde dentro de la organización se conocerán los detalles que les preguntaremos. Nosotros tenemos la clave para conocer al verdadero héroe. Los que respondan con justeza tendrán el número de cuenta y la calve, el resto deberá irse sin mas contemplación.
Los abogados se miraban, unos rascándose y temiendo por su mentira y otros mascullando y temiendo por su verdad. Martins salió de la estancia y, poco a poco, fue vaciandose la sala mientras comenzaban a funcionar los teléfonos móviles en mil lenguas, contactando con hoteles o lugares que seguro que estarian más cerca de lo que nadie pensara.
A los tres días a la hacienda de Sgorni, desde donde se divisaba el mar y una alambrada de seguridad, llegaron 16 personas. Se saludaron, todos, con desconfianza, y se requisaron gran cantidad de armas, y productos tóxicos.
Ahora si, Martins interrogó a los presuntos asesinos/ seguros ladrones detrás de una mampara protegida, sin casi tiempo para presentar o socializar:
¿De que color es la moqueta del pasillo de la planta 22 del edificio Bernard Levy?- Se oyó la voz tras la mampara. _ Por favor escríbanla en el papel que tienen encima de la mesa con su nombre como membrete.
Esa pregunta era casi de broma, todos habían fotografiado cada pulgada del edificio, como todos los edificios y casas por las que deambulaba Bernard Mitch, pero nunca coincidieron con el millonario sostenedor de campañas electorales, la vez que le costó la vida.
Escribieron, todos, en el papel un nombre en diferentes idiomas, con diferentes alfabetos. Depositaron el papel, de colores diferentes y con los nombres, en una urna lacrada adherida a la mesa de cerezo de una pieza en la estaban sentados y que era el proscenio donde todos se miraban y se vigilaban con desconfianza.
La segunda pregunta es un poco más compleja- justificó Martins: ¿que dejó el soldado en la entrada de la planta antes de ejecutar la acción?, me refiero una vez que supo a ciencia cierta que el objetivo estaba en su lugar.
Esta segunda vez se vieron más dubitaciones e incluso algún intento de copia, el ejecutor había muerto, por lo que el protagonista se llevó a la tumba ese detalle, en apariencia fútil.La mayoría respondío con datos de laboratorio criminalístico.
En la tercera pregunta fue donde se vió en realidad cuantos de los allí sentados eran agentes de la CIA, MI5, Mossad o cualquier otro servicio secreto:
- ¿Cual fue el itinerario de entrada y cuantas personas intervinieron en el asunto? - Indico la voz algo impostada pero agradable de Martins.
Todos, esbozaron una sonrisa, y respondieron sin dilación introduciendo la papeleta oro, ambar, granate en la urna. La cara de Martins debiera haber expresado preocupación tras su pecera, si hubiera leido la gran cantidad de respuestas acertadas que existieron, s in embargo no puedo hacerlo porque en la primera pregunta lo que oían lo que oían los reunidos era una grabación mientras Martins huía y, además, porque tres minutos después de finalizar la ultima pregunta sonó el chasquido imperceptible de un mecanismo que detonaría la pata central de la mesa, repujada en ataujía, con sus casi sesenta kilos de ZT34.
La deflagración fue expeluznante, la explosión posterior y la onda de presión (primero negativa y luego positiva) aplastó a los que no había muerto abrasados por la detonación. En el helicoptero, Martins, el abogado, y un piloto con un ligero parecido a Bruce Mitch abandonaban el pais con el eco sordo de una pirotecnia lejana.

Los periodicos hablaron de la internacional del terror y de los servicios secretos israelíes, y todos lo creyeron excepto el Mossad, que recibió una carta manuscrita por el propio Bruce Mitch, ahora Osvaldo Ferreira, donde aparecía la foto de su hijo secuestrado y muerto hace ocho años, la reivindicación multiple de un grupo de forajidos tras el pago del rescate y la foto posterior, reconstruida, de los integrantes de la reunión final con los escombros de la casa derribada en la costa corsa.
La eficiencia de la medida no fue suprema, la probabilidad de que el culpable del primer delito hubiera muerto era muy baja pero el mensaje era claro:
No se juega con Bruce Mitch porque vive después de la muerte, jamás olvida, su mano llega a cualquier lugar fría como la muerte y certera como un cirujano y, por último, tenía todo el dinero del mundo y toda la paciencia atesorada para esperar sin importarle las personas.
Dixie & bonhamled
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