Mueren inmigrantes cada día en la frontera del paraíso. El año pasado se estima que más de seis mil.
Son ciegos, sordos y mudos o al menos sus gritos no son oídos, no se les ve y no se les siente. Mueren en la búsqueda de un Olimpo o un Dorado que les niega hasta la extremaunción. Africa pierde desangrada en guerras, hambrunas, egoismos y terribles acosos una legión de jóvenes, casi niños, en las fronteras saladas del primer mundo.
¿A alguien le preocupa esa sangría?
¿ A alguien le escuece el pensamiento conocer de su muerte, o, peor aun, desconocer de su vida?
Este es el signo terrible, la muerte presente, la barrera alta que se le impone, dispone e interpone a los emigrantes. Son los asedios aqueos a la Ilión europea que les niega cada día, plena de Elenas y llenas de Héctores terribles.
El asedio durará pero, tarde o temprano abrirá una gran puerta, con el pequeño trampantojo de madera de cada balsa, barquito o cayuco, y después, y a pesar de nuestra crueldad, se vendrá en epifanía la terrible venganza de los débiles, siempre cruel, que asaltarán nuestras bien nutridas despensas y almacenes con hambre atrasada y una pregunta de fuego: ¿Porque no frenasteis la muerte de inocentes?
En ese momento se dejará de hablar de justicia, derecho o frontera, no existirá, sino de fuerza y debilidad. Entonces, ya se acerca, será cuando los problemas del tercer mundo vivirán en nuestras calles, la sangre que se derrama en las tierras secas o en los marjales caerá en los exquisitos arriates de las calles y en los pulcros acerados. Ese momento será el de la guerra… quizás ya ha llegado en forma de emigración sorda y terrible y en simiente de ira terrorista.
Emigrantes, están y estarán por mucho que miremos a otro lugar. Recuerdos del día de mañana.
Bonhamled
























