lunes, enero 26, 2009

Muerte accidental de un inmigrante

Hace pocos días murió un emigrante subsahariano que intentaba entrar en España. Murió en la frontera de Marruecos por disparos de guardias del país vecino. La labor de los guardias marroquíes era, aparentemente, no permitir la salida ilegal del país pero el exceso les llevó a abatirlo. La garantía de los derechos y la vida de las personas en Marruecos, y más siendo emigrantes ilegales, casi nos asegura que será un asesinato impune, un homicidio sin castigo, una muerte evitable que pasará al olvido sin más cuidado.

Sin embargo tras este descalabro, como los miles de muertos en las aguas frías del estrecho y del atlántico, me llega un pensamiento también frío y húmedo. Estas “muertes accidentales de inmigrantes” parafraseando a Darío Fo nos llevan a la concepción más inicial de la frontera entre el mundo rico y el pobre. Estos pobres “marco polos” no solamente mueren al intentar escalar las almenas terribles, húmedas y frías, de Europa, sino que esta misma Europa, España, paga a los países frontera para que con sus leyes soslayables puedan ejercer la presión y la fuerza que aquí serían inaceptables. Los disparos de los guardias marroquíes eran las avispas mandadas por la honorable y solidaria sociedad blanca y española que intenta evitar una invasión de pobres mojados. Ese muerto ha de ir en nuestra conciencia.

Para pagar estos servicios repartimos óbolos, ayudas, regalías, simonías y corrupciones para que estos sátrapas fronterizos nos hagan el trabajo sucio, acaben con los pobres húmedos y oscuros, sin piedad y sin tino, y no nos obliguen a ser insolidarios, egoístas y terribles a nuestros ojos: nos nos permitiría un buen sueño y una tranquila digestión. Como buen mayordomo hacen el trabajo sin molestar y sin que se les vea aunque tengamos que tener las narices tapadas por el hedor.

Los tranquilos ciudadanos de la blanca y limpia Europa esperamos al Godot eterno de la justicia, de la democracia y los derechos mientras renunciamos, objetiva y conscientemente, al premio imprescindible del reconocimiento de los otros al pan, la justicia y la libertad. Es un mito inalcanzable. Luego, en otros lugares y en otras situaciones, vemos a los desarrapados asesinarse, matándonos y les llamamos terroristas, inmorales, tristes fanáticos, en vez de llamarnos a nosotros mismos egoístas desmemoriados.

El agua de la marea de emigrantes muertos nos llega a los pies, esa humedad caliente es el reproche de nuestra insolidaridad y nuestra impudicia moral. Al tiempo dotamos a otros emigrantes, los de hace décadas, de una nacionalidad, el billete de entrada para este paraíso falaz, que nos pone algo más de acuerdo con la historia y, al tiempo, zahiere a aquellos vencedores que, a la postre, no lo fueron tantos. No es un dato baladí, los que vendrán serán blancos.

Emigrantes muertos, moral asesinada en Recuerdos del día de mañana.