Los trabajadores, los empleados, los que viven de un sueldo por cuenta ajena son malos, pérfidos, egoístas, vagos y sinvergüenzas. Y las crisis comienzan como consecuencia de las malas artes de estos terribles traidores de la productividad al que un beatífico empresario da de comer, por caridad cristiana. Por si esta actitud pasiva fuera poco punible, miran para otro lado cuando como consecuencia de sus desmanes y abusos la economía, sagrada, perfecta, se derrumba.
Al menos algo así deben pensar algunos empresarios que esperan y rezan para que el peso de la crisis, económica, financiera, casi ideológica, caiga sobre los que recibimos un sueldo. De esta manera, al menos indirectamente, nos hacen culpables, y “paganinis”, de todos los males. Por supuesto que de los ejecutivos y los banqueros, los grandes culpables, nada se dice, y si acaso solo para asegurarles los astronómicos bonus.
Se olvidan, los magnates, de aquello del mercado, que luego se encargaron de “suspender” cuando venían mal dadas. Se olvidan de los “bail outs” que pagamos entre todos por su pésima gestión, ni las ayudas, ni las subvenciones, ni las cercanías al poder que han dado lugar a una panoplia de corrupciones que hacen brotar el arrebol incluso en una estatua de un general a caballo.Todo eso es agua pasada, ahora lo que toca es dar media vuelta más de rosca a los que apenas pueden llegar a fin de mes y que se van enfadando más y más y cualquier día explotarán.
Ahora sale la noticia de que el despido casi ha de ser libre y gratuito y los ERES, Expedientes de Regulación de Empleo, han de darse sin control del estado para abundar más aún en el chantaje y el empleo de la política de recursos humanos como herramienta de todo menos de pervivencia de la empresa. Hasta ahora el despido, siempre, ha sido libre, pero además, por lo visto, ha de ser casi gratis.
La lógica de que esta flexibilidad del mercado de trabajo hará que se generen más puestos de trabajos es la misma lógica que debería emplearse para decir que la ley del divorcio incrementó el número de matrimonios, lo cual es, a ojos, vista falso.
Es decir, hemos de renunciar a derechos laborales conseguido con los años y los esfuerzos para que algunos señoritos fervientes creyentes del mercado sigan viviendo como si el mercado no les hubiera penalizado por unas actuaciones dudosas y temeraria, ahora todos son estatistas y piden a papá estado que legisle en contra de los trabajadores. También pedían hace no mucho que las jornadas laborales pudieran extenderse hasta las 65 horas y, dentro de poco, si se les dejara el castigo físico para incumplidores.
Esta no es la vía de recuperar la productividad, sobre todo porque en tiempos de bonanza ni la calidad de los contratos de trabajo, ni la inversión en I+D sugirió un mayor compromiso con esta productividad que ahora se blande. Tampoco desde ningún gobierno se buscó que no se pusieran todos los huevos en la cesta de la construcción que, al final se rompío con la ayuda de un huracán bancario que se hizo tsunami en España.
Por suerte, al menos hasta ahora, los partidos políticos no han escuchado este canto de sirena envenenado o, a lo peor, solo sea un globo sonda para ver el grado de “enfado” de una sociedad que se cabrea por segundos y del que saldremos de pasar los lunes al sol a quejarnos en las calles no dentro de mucho.
¿Cual sería el resultado de estos despidos baratos que suenan como campanas para algunos popes de la economía aplicada a otros?
Inmediatamente algunos empresarios, pondrían de patitas en la calle, a bajo coste, a un número de empleados para, al poco, volver a contratarlos en unas peores condiciones tanto en términos económicos como sociales.
Esta es la triste coda de aquellos que dicen que no quieren despedir sino salvar las empresas. Lo malo es que la historia, las hemerotecas y la experiencia nos dice que, por desgracia, un número no pequeño de empresarios no concibe la empresa como un instrumento de riqueza propia y social sino como una forma de aprovechar los resquicios legales y morales para hacerse millonario por encima de quien sea y atendiendo a los métodos y procedimientos más burdos.
Sinvergüenzas con corbata. Recuerdos del día de mañana
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