Sigo con puntualidad y dedicación todas las noticias, dossieres, textos y artículos sobre ETA. Suelo comentar sobre ello y también, suelo pensar sobre ese mundo y ese callejón sin salida de la violencia absoluta y autoritaria. A lo largo de estos años he llegado a una conclusión creo acertada. La violencia es el mayor problema para una autodeterminación en el País Vasco. Así como suena, parece una obviedad pero no lo es. El nacionalismo, el independentismo, no son problemas ni tampoco la forma de colaboración o pertenencia a España sino la violencia. Esa es la gran clave que hay que desentrañar.
La violencia y toda su locura que lleva aparejada ha creado un ghetto de agresivos sin redención, toda una cultura del odio y de la agresión que solo puede, y debe, responderse mediante los elementos y herramientas del estado de derecho. ETA vive en la teoría revolucionaria del “cuanto peor mejor” pero es contraproducente, el cansancio es evidente, el desgaste de ese mundo y el sufrimiento sin salida también.
Los españoles, muchos o al menos yo, no le pongo peros al ser independentista, no lo entiendo, lo considero involucionista pero, como teoría política e ideológica puede aceptarse. A esto, al aceptar el que piensa diferente se le suele llamar democracia. De esta manera en libertad, derecho y justicia unas ideas políticas tendrán fortuna y éxito si son capaces de convencer a una mayoría. Esto, además de lo antes dicho, también se llama democracia. Lo del insulto, el menosprecio al diferente, la presión, son solo partes menores y entremeses a lo de después, lo de ahora, la violencia inútil.
La democracia es un ágora donde el areópago y el menos informado tienen su peso, tienen su justo equilibrio. El sistema garantiza. Sin embargo ETA amenaza, mata, expulsa, asesina, violenta, crea dolor basándose en unas ideas que, por mucho que hayan servido a ciertos nacionalistas como aglutinador en su derredor, son seguidas por un porcentaje bajo de la población vasca. Y digo bajo porque en el organigrama de presión y dolor, con la muerte en el horizonte, la mitad de los vascos secundan un nacionalismo y de esta mitad un 15% sostienen la violencia como medio.
Por eso digo que el “qué”, la independencia, es mucho menos gravoso que el “cómo”, la violencia terrible, el fascismo, la opresión de la injusticia, la omertá y el silencia cómplice. Si algún día, que sin duda vendrá, los vascos y vascas, los de dentro y los de fuera, estuvieran en disposición de hablar y decir en voz alta lo que piensan, sin estos “garantes” con pistola en mano, quizás en ese momento sabríamos cuantos están presos de ese exilio interior de ventanas cerradas y caras ceñudas y cuantos pueden hablar, pueden decir y pueden defender sus ideas. Quizás en ese momento estuviéramos en disposición de redefinir o redescubrir una relación entre los vascos y el estado español y de saber realmente cuantos y de que forma quieren ser independientes y cuantos no.
Sin embargo mientras haya amenaza, muertes, violencia esta independencia es imposible y no por un nacionalismo español a machamartillo, no rezo en ese altar. Es imposible porque significa la cesión y claudicación ante la vergüenza de la violencia, de la muerte y de la dictadura y, eso, señores de ETA es demasiado pedir para un país que sufrió una guerra civil incruenta, una terrible depuración en retaguardia, en ambos bandos, y cuarenta años de silencio que también se hacía llamar democracia, en este caso orgánica, y que golpeaba sin falta.
Pensamientos sobre la independencia en Recuerdos del día de mañana.
Nota: el error, el creer que podría esperarse algo más que muerte de estos heraldos del terror, esperar una palabra que acabará con este nudo gordiano, un diálogo de valientes. Solo nos dejó sensación de engaño y tristeza.
Imagen: http://www.lacoctelera.com/myfiles/isabel61/NO-ETA.jpg
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