Es muy sorprendente que la iglesia católica salga de cuando en cuando a los medios clamando por la libertad de expresión. Sorprende porque la iglesia nunca ha sido el paladín de ninguna libertad ni de ningún principio democrático, más bien, y sobre todo en este país, de todo lo contrario.
Este repentino amor por la libertad de palabra se asienta en un principio viciado que es el de que cualquier crítica a la iglesia, a su proselitismo sin fin, a su relación con el estado se consideran atentados contra la libertad de culto y de expresión.
Es decir, que la relación favorecida con el estado español no se considera que propende a la religión católica, la mejora en sus presupuestos derivadas del erario, es de todos, sean o no católicos, no se puede estimar como algo que restringe la libertad de culto pero el criticar su ánimo político e injerente, su flamígero despertar en las ondas o su sorprendente portavocía de todo lo que suene a involución, rancio y del pasado.si ha de considerarse así. Como vemos el retorcer la realidad hasta hacerla de su parecer es una especialidad muy del gusto de la iglesia católica.
También se atribuye a ratos la defensa en la calle de valores sacrosantos que dejan fuera a tantas personas como colocan dentro: el matrimonio, la familia, etc. Esta defensa de su modelo de sociedad no tendría mayor repercusión democrática sino porque en los últimos tiempos lo ha hecho mirando más al gobierno que a la sociedad y con ánimo de tensar unas relaciones de cara a la obtención, o mantenimiento, de sus ventajas.
Sin embargo en muy pocas ocasiones y en estas, muy tibiamente, se les ha oído en las calles gritar contra la crisis económica que se cierne sobre todos, el maltrato que rompe familias, o los abusos internacionales en forma de hambre, guerras, terrorismo. En ese aspecto no es tan beligerante, quizás porque el receptor de su mensaje no es el gobierno y no tiene la misma posibilidad de mejorar su influencia y capacidad de captar fondos para sus fines.
En estos aspectos y en otros continuar con sus mensajes desinformadores que, al fin y al término, redunda en reforzar los mecanismos de control mental sobre sus fieles y en una percepción de la religión y la sociedad que poco tiene que ver con el siglo XXI que vivimos. Por si esto fuera poco parece que la ola revitalizadora y esclarecedora del Concilio Vaticano II se ha ido difuminando durante el pontificado de Juan Pablo II y se ha eliminado con el actual Benedicto XVI hasta llegar a una mayor preponderancia de los grupos religiosos más conservadores, integristas y arcanos.
Este es el signo de la iglesia en este país, clama libertad cuando le favorece, pero no quiere facilitar la apertura de las miles de fosas de la guerra civil, pide libertad de culto pero se niega a perder sus prerrogativas, como por ejemplo los capellanes castrenses. Exige respeto por los católicos y por su forma de vida mientras enciende las hogueras de los que ni piensan como ellos, sean o no católicos. Exige respeto por el proselitismo a su favor y considera laicismo brutal si no se le deja ese campo libre o, se abre en igualdad a otras confesiones. Considera la injerencia en cualquier asunto político y social tema de su apostolado y cualquier crítica un ataque a los derechos de los ciudadanos que considera de su propiedad. Continúa una lucha de siglos contra el avance de la ciencia y propone, como sustitutivo, una fe que ciega más que aclara. Y todos los días desinforma, emplea la estrategia del agravio y del victimismo.
Esta es la iglesia que nos toca sufrir, nos toca vivir, nos toca descreer. Quizás con otra iglesia tendríamos otra fe, quizás con otra fe no desconfiaríamos tanto de este Dios que podría ser nuestro sol en un día frío pero que solo es una duda de hierro.
Por suerte otras iglesias católicas existen, iglesias más pegadas a la calle y menos a los grandes comedores, iglesias con labor asistencial, educacional y de servicio. Por eso quizás la crítica contenida en este artículo no es contra toda la iglesia sino contra algunos de sus jerarcas que representan este movimiento involucionista.
Iglesia en Recuerdos del día de mañana.
Nota: Sorprendente la reacción por la organización Hazteoir contra la sentencia por prevaricación contra el juez Calamita.
Nota: dentro de unos días un autobus con publicidad atea recorrerá Barcelona. ¿Defenderá la iglesia también “esta” libertad de expresión?
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