En cada manifestación que tiene cariz político o social que puede considerarse una forma de hacer oposición al gobierno de turno se ha dado un curioso fenómeno acrecentado con el tiempo. Es la guerra de números de asistentes a esas protestas públicas. No es una guerra numérica cualquiera sino una guerra "exponencial". Los convocantes siempre miden las manifestaciones por millones como si un millón de personas en una manifestación fuera algo sencillo de lograr en un país como España.
Un millón es un 2,5 % de la población de España por dar un dato objetivo.
La policía suele rebajar este voluntarista número de asistentes un cero; esto es, lo deja en un número logarítmico menos y, algunos medidores, algunas agencias, ,o dejan en otro guarismo intermedio que normalmente está más sustentado metodológicamente. El ejemplo se ha visto en la última manifestación contra el aborto del pasado octubre. Los organizadores hablaban de dos millones, la comunidad de Madrid 1 millón y doscientos mil manifestantes, alguna agencia independiente decía que 55.000 personas y otros indicaban que en torno a 200.000.
Parece como si el mayor número de manifestantes diera una mayor razón. Parece que para algunos después de las manifestaciones multitudinarias contra la violencia de ETA; yo estuve al menos en dos, y contra la guerra de Irak, estuve en casi todas, todo lo que no se mida en millones carece de importancia, se vuelve baladí, es divertimento dominical de jubiletas y chavales que vuelven de juerga. Parece como si las voluntades para quejarse fueran ampliadas e inmediatamente "absorbidas" por el mundo político y sus muñidores para hacer de ello mera provisión de munición para su desencuentro consuetudinario y olvidar uno de los ejercicios más básicos de democracia directa: el quejarse en las calles. Como si alcanzar dimensión "electoral" fuera el ejercicio más claro de disensión frente a la gestión de los gobiernos sin que la verdad o realidad obligue para alcanzar ese mensaje propagandístico.
En mi vida he acudido a muchas manifestaciones, soy quejicoso por natural, pero he de admitir que la manifestación tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco el día 10 de julio de 1997 y contra la guerra de Irak han sido las más grandes a las que he acudido. La primera colapsó Madríd desde Nuevos Ministerios hasta la Puerta del Sol y fue una manifestación sin principio ni final puesto que todo el recorrido estuvo lleno de gente que se protestaba, lágrima en ristre, contra el horror etarra. También en las manifestaciones contra la guerra de Irak la afluencia fue masiva en alguna de ellas superior al millón de personas.
Sin embargo desde entonces y acaso como estrategia política de queja contra el gobierno de Jose Luis Rodriguez Zapatero, ya que en esa clave se empleó en las manifestaciones contra la guerra de Irak en este caso contra Jose María Aznar, se han desarrollado manifestaciones con bastante asiduidad y, también, cansancio. La guerra de números, apoyada por medios críticos al gobierno, han sido parte de la mercadotecnica básica del desencuentro político. De nada sirve que se empleen mapas o fotos aéreas o que se indique que dos personas por metro cuadrado o cuatro en caso de mucho apelotonamiento es el "máximo técnicamente admitido" para una manifiestación, los que la convocan se suben a los seis dígitos con facilidad pasmosa. y con desprecio a la verdad que tan claramente se muestra en la voluntad de protestar en la calle Es la voluntad propagandística más que el derecho a quejarse lo que se ve y esa voluntad se manifiesta tanto en agrandar el valor de la protesta como en desacreditarla por comparación con otros números.
Es triste porque estos fenómenos que toman la voluntad popular y la encarrila, la hace servir a intereses, la retuerce y las mediatiza hasta el radicalismo, por la supuesta "manipulación" informativa, no hace más que degradar lo que por si mismo es magnífico, que el ciudadano proteste o manifieste claramente su opinión. El manipular, arriba o abajo, el número, el llevar la discusión propagandística a los niveles de los principios de Goebbels solo nos lleva a ese escenario: al de creernos meros números, detentadores de pancartas, gritadores al golpe de tambor, repetidores de consignas y no el grupo de ciudadanos que desde el primero a los cuarenta y cuatro millones que somos tienen el derecho y merecen ser escuchados.
Al final vemos que de la manifestación solo queda la coda terrible de la guerra mediática de políticos transmitida en periódicos, televisiones, radios y ahí se intenta con voluntad escondedora apoyarse en las "grandes unanimidades" para evitar ser tachado de "una nimiedad". Es todo ejercicio de esta política de gabinete y mercadotecnia, de ejemplos sumarísimos de propaganda a la goebbelsiana y casi nada del derecho de casi todos a quejarse. Al final el ejercicio es que los políticos se quedan con las "voluntades" activistas ciudadanas metabolizándolas en su propio beneficio.
Esté de acuerdo o no, es sorprendente como muchas manifestaciones casi siempre auspiciadas por la iglesia han intentado dar una idea del matrimonio de personas del mismo sexo sesgado y terriblemente discriminador o como en manifestaciones a favor de la paz en Oriente medio han acabado con insultos contra Israel, pero por eso, porque puedo disentir, porque puedo escuchar el grito y la justificación y pensar sobre ello y posicionarme con ellos o en contra de sus planteamientos necesito limpieza, limpieza de números que no me distraigan, limpieza de ruido mediático que envuelva las razones y las deje en griterio.
Este es el gran resumen el intento de gran mayoría artificial, que no es sinónimo de democracia sino de política de gabinete, de reuniones para dirigir la opinión pública, de marketing político propagandístico a la goebbelsiana y de la intención de "sustraer" la voluntad popular para dirigirla de acuerdo al discurso político. Y de esas dos cosas en los partidos políticos, las reuniones de redacción y los conciliábulos de los poderosos se sabe mucho.
Personas que son, spin doctors y cocineros de opinión en Recuerdos del día de mañana.
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