Ayer día cuatro volví de mi estancia en Lima, Perú. Tres semanas de intensísimo trabajo, incluyendo fines de semana, y de sorpresa continua ante un país, Perú, y una ciudad, Lima que representan un soplo de aire fresco a mis ojos europeos y anquilosados.
Ya hablé en dos post anteriores de algunos de mis pensamientos sobre Lima, el tráfico, terrible, sus personas y la posibilidad de futuro. En este post quisiera comentar un asunto lateral, quizás más inexplicable pero también interesante.
Perú, como toda América Latina, es el nuevo mundo que se creó, quizás con algunos de los defectos atávicos de la vieja Europa pero también con una nueva forma de hacer y hacerse desconocida. Y la verdad es que en Perú se hacen las cosas diferentes. Olvidemos las diferencias de nivel de vida o la pobreza, también la riqueza desequilibrada. La forma de hacer, la forma de configurarse en ciudad, país, continente, sociedad e incluso conciencia de lo propio es diferente a Europa.
Así en ese nuevo lugar con una concepción de lo propio, frente al vecino de origen parecido, frente a la potencia colonial, frente a lo desconocido de una selva, una montaña y una lejanía inmarcesible aflora la creación de una sociedad nueva a su vez.
Heredera de una sociedad colonial donde los oriundos de la metrópolis europea, España, sustentaron los cargos de importancia durante siglos y, al tiempo, viendo llegar en oleadas a los grupos de emigrantes que con el tiempo llegarían al poder y a la influencia: africanos, emigrantes forzados por la esclavitud, italianos, franceses, alemanes, chinos, japoneses, etcétera. En ese sedimentar continuo de capas culturales de diferentes poblaciones subsiste, a veces muy atacada, la casta y raza de los iniciales moradores. Aquellos guerreros incas que a fuerza de integración/eliminación han sido llevados a lo más bajo de la sociedad peruana. Su vida, en la lejanía de la montaña pobre o de la amenazante selva, ¡El Horror!, ¡El horror! que diría el Kurtz de "El corazón en las tinieblas" desemboca en los arrabales infinitos, pueblos nuevos, de la ciudad metrópolis por antonomasia: Lima.
Lima es la ciudad de los reyes, la capital del Virreinato del Perú, una de las grandes metrópolis latinoamericanas, con Mexico DF y Buenos Aires, un universo inmenso, a veces como un enorme Blade runner con acento criollo y montuno, que llena el espiritu de una fragancia clorofílica de selva cerrada, con ojos mirando, de montañas del color de las personas pero con la aridez tremebunda de la pobreza, de una llanura que se pierde en los ojos y el pensamiento, y un mar, del que Lima vive de espaldas, que es pacífico solo en parte y que se muestra agresivo en su inmensa extensión.
Por eso paseando por sus calles, inmensas, que no acaban nunca, cruzándose en Lima con sus paisajes humanos, indios, europeos, mestizos, mulatos, asiáticos, de los cinco continentes y los mil pensamientos, el millón de historias y el trillón de oportunidades sorprendentes, encuentro un paraiso que quizas nunca ha sido, ni será pero que así se muestra a mis ojos cansados. En próximos viajes conoceré parte de ese Perú que ahora he obviado por la carga de trabajo y por los problemas derivados de unas inundaciones catastróficas en Cusco, en ese momento podré hablar más de este enigma sorprendente.
América un nuevo mundo también exterior. Recuerdos del día de mañana.
Imagen: http://www.nicolle-wilke.de/tumbs/Lima2_tumb.jpg
Así en ese nuevo lugar con una concepción de lo propio, frente al vecino de origen parecido, frente a la potencia colonial, frente a lo desconocido de una selva, una montaña y una lejanía inmarcesible aflora la creación de una sociedad nueva a su vez.
Heredera de una sociedad colonial donde los oriundos de la metrópolis europea, España, sustentaron los cargos de importancia durante siglos y, al tiempo, viendo llegar en oleadas a los grupos de emigrantes que con el tiempo llegarían al poder y a la influencia: africanos, emigrantes forzados por la esclavitud, italianos, franceses, alemanes, chinos, japoneses, etcétera. En ese sedimentar continuo de capas culturales de diferentes poblaciones subsiste, a veces muy atacada, la casta y raza de los iniciales moradores. Aquellos guerreros incas que a fuerza de integración/eliminación han sido llevados a lo más bajo de la sociedad peruana. Su vida, en la lejanía de la montaña pobre o de la amenazante selva, ¡El Horror!, ¡El horror! que diría el Kurtz de "El corazón en las tinieblas" desemboca en los arrabales infinitos, pueblos nuevos, de la ciudad metrópolis por antonomasia: Lima.Lima es la ciudad de los reyes, la capital del Virreinato del Perú, una de las grandes metrópolis latinoamericanas, con Mexico DF y Buenos Aires, un universo inmenso, a veces como un enorme Blade runner con acento criollo y montuno, que llena el espiritu de una fragancia clorofílica de selva cerrada, con ojos mirando, de montañas del color de las personas pero con la aridez tremebunda de la pobreza, de una llanura que se pierde en los ojos y el pensamiento, y un mar, del que Lima vive de espaldas, que es pacífico solo en parte y que se muestra agresivo en su inmensa extensión.
Por eso paseando por sus calles, inmensas, que no acaban nunca, cruzándose en Lima con sus paisajes humanos, indios, europeos, mestizos, mulatos, asiáticos, de los cinco continentes y los mil pensamientos, el millón de historias y el trillón de oportunidades sorprendentes, encuentro un paraiso que quizas nunca ha sido, ni será pero que así se muestra a mis ojos cansados. En próximos viajes conoceré parte de ese Perú que ahora he obviado por la carga de trabajo y por los problemas derivados de unas inundaciones catastróficas en Cusco, en ese momento podré hablar más de este enigma sorprendente.
América un nuevo mundo también exterior. Recuerdos del día de mañana.
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