
Escribo, de cuando en cuando, de héroes. Personas que sentados en su domesticidad más diaria consiguen hazañas que merecerían estar entre los trabajos de Hércules: por su entrega a los demás, por el riesgo propio, por lo moralmente exigible, para todos, pero inalcanzable, para la mayoría, que es nadar contracorriente, rebelarse contra lo injusto, lo éticamente fétido y lo humanamente asesino aún a costa de su propio perjuicio.
Hoy traigo al salvadoreño Arturo Castellanos otro de aquellos justos de Yad Vashem que logró salvar, con riesgo personal, a 40.000 personas cuyos descendientes hoy, probablemente multiplicados por cinco o seis son capaces de tener un presente y un futuro fuera de aquellas garras asesinas y homicidas.
Personas como estas hacen recobrar, durante, un instante, la confianza en esta humanidad siempre incomprensible en su egoísmo sin fondo.
Personas. Recuerdos del día de mañana.
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