La polémica suscitada entre el periodista
Arcadi Espada, admirado y citado en este
blog, y el escritor
Javier Cercas, admirado y también citado en este
blog, acerca de la verdad en los periódicos acaba de manera brusca, o puede ser que chusca y bufa (perdón por la aliteración no buscada).
En el rifirafe periodístico, tan del gusto de periodistas y escritores siempre prestos a mostrar sus excelencias intelectuales e históricas a favor de tal o cual causa, y tanto más cuando hay algún detractor sobre el que asaetear a la vez que se ataca o defiende, ambos periodistas acabaron llegando a un callejón sin salida del enrocamiento de las posiciones.
Espada defendía que esas licencias pervertían y travestían la verdad que debía reflejarse de manera factual,
Cercas que
eran artificios o argumentos para exponer literariamente una noticia, un suceso, una opinión. En el fondo un
reproche ya antiguo, y al tiempo moderno, acerca de la ficción introducida dentro de las novelas de éxito de
Cercas: "
Soldados de Salamina" y el reciente "
Anatomía de un instante".
Ante bloqueo final de cada posición dicotómica,
Espada respondió de manera original, aunque al límite, o un poco más allá, de lo que debe ser la ética del periodismo.
Arcadi Espada "situó" en la ficción de un artículo de sucesos a
Javier Cercas en una redada en un prostíbulo madrileño del que posteriormente y previo paso por comisaría salía sin más consideración.
Esta "ligereza" del autor, mentira flagrante, que con interés pedagógico sostenía los males de inventar, recargar, inferir o decorar la verdad periodística aún para hacer la noticia o el texto más agradable que defendía
Cercas, demuestra como el periodismo tiene un peso para
hacer daño y falsear que es ineludible y que empleado de manera perversa puede hacer mucho daño: Sin ir más lejos toda la seria y agria polémica acerca de la conspiranoia del
11M vive en estas miasmas de la falacia y la mentira interesada y dirigida.
Por supuesto
Javier Cercas se inflamó por el daño, real y palpable, que a su imagen pública, y privada, le hacía esas vinculaciones, que incluían la trata de personas, y amenazó con llevar a los tribunales a un
Espada que veía con la respuesta en la mano como sus argumentos eran apoyados aún tácitamente. Se defendía con ironía
Espada indicando que era la
ficción literaria. que pocas fechas antes defendía
Cercas en su columna. A su vez
Cercas le tildaba de talibán y de llevar al extremo su planteamiento.
Este suceso de desencuetros públicos
ad literam no deja varias sensaciones contrapuestas. La primera de ella es la reinvención o rehabilitación de aquelleas malquerencias antiguas, la más paradigmática la de
Góngora y Quevedo, que se desafiaban en sonetos y serventesios de excelente factura. También lo que recientemente el caso del "
mockumentary", o broma documentaria, de Joaquín Phoenix ponía de manifiesto lo que ya
Sokal previó y ridiculizó: a veces se puede jugar con la verdad para manifestar una idea chocante que, como en
el teatro del absurdo, muestra el verdadero pulso de la verdad o, justamente para lo contrario para desestabilizar a quien creen que la verdad se escribe en tal o cual lugar.
Tras estos desencuentros y enfados, codas rebeldes se ven todavía en los periódicos, se aparecen, como fantasmas algunos hechos y dichos. El primero es ver como por fas o nefas
la verdad puede ser tergiversada, aún ligeramente y con ánimo educativo, para hacer parecer otra cosa aun con el inocente argumento de apuntalar por reducción al absurdo un argumento, como hace
Espada. Por otro lado ver como algo de "guarnición" o de arabesco rodeando a la verdad, es decir enmascararla o ficcionarla tiene el riesgo de desvestirla y convertirla en otra cosa, como defiende
Cercas.
Una segunda es ver, confirmar, verificar que en los medios, los periódicos existen tantas herramientas, argumentos y métodos para esconder o iluminar la verdad y para decir o dejar de decir que lo que nos llega a los lectores son solo hermeneúticas más o menos sanas y libres de una realidad o de lo leído, dicho o visto a partir de la cual se infiere una verdad. En todo este negocio de verdades se puede perder no solo la realidad, sino la verdad sustituido por alguna falacia siempre perniciosa. Si se quiere comprobar no hay más que leer la panoplia de diarios y programas de radio, entre la seriedad y el libelo y el linchamiento sin más que existen para ver que la realidad o la verdad puede ser una pero
hijos bastardos puede tener mil.
Una tercera es ver como se puede crear una noticia, una controversia, tejida y cosida con arte o con "mala uva" como es el caso de la calumnia de
Espada. Un periodista puede poner en boca de tal o cual persona, tal sentencia o juicio de valor o, incluso y más aún, realizar juicio de intenciones con la intención suave pero perversa de atraer público a su periódico, radio, etc. De esto sabía, y con creces, el finalmente denostado
Federico Jiménez Losantos y un ejemplo histórico y modélico fue la escala y campaña contra el
capitán Dreyfuss que desembocó en el académico "
J'accuse" de
Emile Zola.
Una cuarta y también interesante es ver renacer, aún en instantes fulgurantes, un periodismo de encontronazo y casi "duelos y padrinos tras la tapia al amanecer" que es síntoma de altura y de calidad, aunque sean juegos florales como en este caso: un ejercicio sintáctico sobre la profesión de periodista que bien pudieran, aún pueden, acabar como aquel encuentro entre
Witggenstein y
Popper: con
un atizador en la mano.
También puede haber, viendo los aplausos que han recibido
cada uno de los "suyos" el desencuentro en el campo de batalla de las resmas y las tintas entre los periódicos,
Cercas en "
El País"; y
Espada en "
El Mundo" como dos cosmogonías no intersecantes pero, cada cual, con el fragor y luz de la verdad siempre a su vera. Esta diferencia se ha saldado con publicidad y alto de espectáculo "a la televisiva", esto es con un poco de más de februlencia de la requerida.
El resumen que extraigo es: el periodismo es un arma pero no cargada de futuro sino de verdad y, muchas veces, de
intereses espurios al servicio de tal o cual bolsa, en este caso de tal o cual ego o grupo periodístico. El saber discernir lo uno de lo otro siempre está en nuestras manos, la de los lectores, pero se hace más dificil si se introducen elementos distorsionadores. Como bien indica
Juliá Álvaro en su
blog a veces el periodismo ha de elegir, elige, entre el mentir o el hacer daño, ya veces adopta ambas a la vez y se nos deja a los desinformados lectores como censores de esas multiples verdades únicas.
Los juegos y los malabarismos de periodistas dan gracia al agora ya muy convulsa de por si pero hace creer en los lectores, yo mismo, que algo, alguien o alguna ola reduce y simplifica la verdad hasta hacerla común con los intereses y eso, señores Espada y Cercas, hace daño.